jueves, 28 de noviembre de 2013

Mari Ceci Benítez



Mari Ceci Benítez


Por: Edda I. López Serrano

Secretaria Asuntos de la Mujer

Partido Independentista Puertorriqueño

9 de junio de 2013


Mas si Jehová le concedió al poeta,
al cantar a su patria y a su destino,
la doble vista del veraz profeta;
si ha de unirse mi nombre con tu historia
para ser el cantor de tu alegría,
para ver el heraldo de tu gloria.
Dios me conceda al verte
de venturas y triunfos coronarte,
¡una vida sin fin para quererte
y una lira inmortal para cantarte!

            Fragmento del poema Puerto Rico, José Gautier Benítez


            Mi compañero, a quien no le gusta interrumpirme el sueño, me despertó con una noticia que me conmocionó: Mari Ceci había fallecido. No pude articular palabra. Murió horas antes de que pudiera visitar en la unidad de intensivo. Lloré quedamente. Partió una aliada, una mujer cuyo compromiso con la independencia solo equiparaba su inmensa espiritualidad.


            Conocí a Mari Ceci, María Cecilia Benítez Noya, cuando yo tenía 18 años y ella 43. Yo llegaba al Comité Nacional invitada a trabajar con el Secretariado Nacional de la Juventud, luego de haber militado durante 4 años en el Comité de Bayamón. Antes de conocerla, había escuchado su nombre cuando un compañero llegó al segundo piso del Comité Nacional protestando porque tenía que completar un escrito esa misma tarde –ya eran las 6 de la tarde - y cuando le solicitó que lo transcribiera, Mari Ceci le había respondido que podía ayudarle el próximo día, pero que estaba de salida para grabar un discurso que Rubén Berríos ofrecería en un pueblo distante, creo que en Cabo Rojo.

            Regresé al día siguiente antes de ir a la UPR para completar una tarea en el Comité Nacional y completarla me requería ir al temido primer piso a los dominios de Mari Ceci. Resignada, entré al área segura de que me encontraría con una persona furiosa. Me dirigí al lugar desde donde se escuchaba un cadencioso y veloz martilleo de una maquinilla eléctrica. Me asomé a la puerta. Mari Ceci levantó la vista y, sin preguntarme, me dijo que la Juventud – refiriéndose a compañeros y compañeras del Secretariado – estaban en el segundo piso. Le dije que lo sabía, pero que me habían enviado para que me orientara sobre cómo crear la plantilla de mimeógrafo que necesitábamos preparar para un boletín que repartiríamos en la UPR. Me dijo que estaba ocupada, que volviera en una hora.


            Al llegar al segundo piso, relaté lo que había ocurrido. Me miraron con incredulidad y con suspicacia. Alguien dijo ¨bah, de seguro no hablaste con Mari Ceci¨. Nada: regresaría en una hora a volver a probar suerte.


            Regresé y le expliqué a Mari Ceci lo que deseábamos hacer. Ella me ofreció varias sugerencias para que todo el texto estuviera en una sola cara del documento. En ese tiempo, las funciones de cortar y pegar eran literalmente eso: cortar texto con una tijera y pegarlo en una hoja de maquinilla. Crear la plantilla del mimeógrafo era más fácil y moderno: el Partido contaba con un aparato que ¨quemaba¨ una hoja con la imagen exacta del original en lugar de aquellas horribles hojas de estarcido que se trabajaban con estiletes.


            Allí nació una relación de profundo respeto, cariño, y comprensión. Poco a poco mis visitas a los dominios de Mari Ceci se hicieron más frecuentes y largas. Mari Ceci era políglota: dominaba el español, inglés, italiano, francés, portugués. Al principio, yo pensaba que era extranjera por su acento cadencioso y su pronunciación perfecta. Un día le pregunté si era puertorriqueña y me respondió con firmeza: ¨¡por supuesto!¨. Entonces, ¿por qué su acento era diferente?  


            Fue así como comencé a conocer la fascinante historia de Mari Ceci. Había sido monja durante varios años, varios de ellos en Cuba, México y Venezuela. Vino de visita a Puerto Rico en el 1972 y participó de la histórica Asamblea General del PIP en el estadio Hiram Bithorn. Allí, además de la efervescencia de decenas de miles de independentistas, presenció el discurso de un joven rubio, delgado, fogoso que con su discurso estremeció e inspiró a los presentes. Rubén Berríos se había mantenido firme ante el temporal de una crisis interna en el PIP y su brillante discurso afirmaba la lucha por la independencia y la justicia social en Puerto Rico. Esa experiencia transformó a Mari Ceci de una manera tan profunda que colgó sus hábitos de monja, pero nunca dejó de vivir su vocación de servicio y se dedicó al Partido Independentista Puertorriqueño con la misma devoción con que cultivó para siempre su espiritualidad.


            Como dije, Mari Ceci poseía una inteligencia superior, y era además una mujer de exquisita cultura. Era decidida, disciplinada como pocas, vertical, cuyo sentido del honor dio lecciones a más de una persona cuando asumía posturas firmes e inquebrantables. Sí, Mari Ceci tenía un carácter recio si percibía que algo o alguien incumplían las reglas de disciplina. Fue la más fiel aliada de Rubén Berríos.


            Mari Ceci era, además, liberal y visionaria. Al quedarse en Puerto Rico e insertarse a la lucha por la independencia, se percató de que Rubén pronunciaba brillantes discursos en mítines y actividades por toda la isla, así que motu proprio asumió la responsabilidad de seguirlo para grabar y luego transcribir sus discursos, tarea que realizaba con precisión de reloj suizo. Iba en su carro, buscaba un espacio dónde colocar su grabadora, y al otro día llegaba al Comité Nacional al amanecer para transcribirlo. El documento, transcrito impecablemente, descansaba sobre el escritorio de Rubén antes del mediodía. Fue gracias a este rigor al documentar los discursos de Rubén que nació el libro La Independencia de Puerto Rico: Razón y Lucha. De hecho, Mari Ceci sirvió de vínculo entre Rubén y el equipo de mecanógrafas al dirigir la edición del manuscrito. Recuerdo, además, que fue Mari Ceci quien recopiló la copia del manuscrito que Rubén le hizo llegar al destacado ensayista y crítico literario Angel Rama, quien escribió el prólogo en el que se considera su último trabajo antes de fallecer junto a su esposa Marta Traba en un accidente aéreo.


          Cuando llegué al Comité Nacional en el 1980, Rubén Berríos comenzaba a consolidar las importantes relaciones internacionales que le hicieron estrechar lazos con figuras destacadas en la política internacional, labor que requería un manejo riguroso y cumplir con reglas de protocolo diplomático. Fue así como Rubén y, por ende, el Partido Independentista Puertorriqueño, crearon sólidas relaciones con líderes solidarios de América Latina, como Raúl Alfonsín de Argentina, Tomás Borge del Frente Sandista en Nicaragua, Guillermo Ungo – presidente del brazo político de la guerrilla salvadoreña, Maurice Bishop, el líder asesinado durante la invasión del ejército estadounidense en Granada. Mari Ceci admiraba con ternura la relación fraternal entre Rubén Berríos y José Francisco Peña Gómez, ese insigne patriota dominicano. En el plano internacional, se estrecharon lazos con Olof Palme, líder socialdemócrata en Suecia, Felipe González de España, así como con importantes jefes de estado de la época. Como resultado de estas gestiones, Puerto Rico quedó representado en la Internacional Socialista, además de formar parte del grupo de partidos políticos que fundó la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina (COPPPAL).

        Mari Ceci fue pieza fundamental en estas gestiones. Redactaba y traducía las comunicaciones que Rubén intercambiaba con presidentes de naciones y partidos políticos importantes a nivel internacional. Manejaba con exclusividad el telex, método que precedió a las máquinas de facsímil, para difundir internacionalmente artículos, cartas y comunicados de prensa. Impartía lecciones de protocolo al personal del Comité Nacional. Más adelante, cuando formé parte del equipo de secretarias del Comité Nacional, las instrucciones eran claras y específicas: cada carta que llevaba la firma de Rubén, cada comunicación oficial del Partido, tenía que haber sido aprobado por Mari Ceci. Su función era más que la de una editora: velaba cuidadosamente que esos documentos cumplieran con el protocolo, así como con la estrategia diseñada por Rubén, la Comisión Política y el Comité Central del PIP.


            En el plano personal, Mari Ceci siempre fue muy cariñosa conmigo. Se sentaba a contarme la vida de su bisabuelo, el poeta José Gautier Benítez. Hablaba con mucho cariño de Mamita, como le llamaba a su mamá. En una ocasión le dije que me dolía ver que se estaba perdiendo la tradición de tejer encajes, y a los pocos días llegó con tres piezas preciosas de frivolité que me había tejido y que luego adornó el traje que me cosió mi mamá. Un día me invitó a cenar comida mexicana, y allí me habló de un plato especial que había aprendido a preparar mientras era monja. Poco después, me preguntó si podría ir a su casa para cenar con ella y con Mamita, y allí me recibió en su casa donde adornaba la sala su exquisita colección de libros meticulosamente ordenados. Nos esperaba su delicioso queso relleno, el plato del que me había hablado días antes. Ella cumplía el 31 de diciembre y yo el 1 de enero, así que durante años nos íbamos a almorzar para celebrarnos una a la otra lo que llamábamos ¨los cumpleaños del olvido¨.

       Mari Ceci, además, sentía pasión por la poesía. Conversaciones con ella invariablemente incluían el segmento de algún poema, algunos de ellos pronunciados en un francés perfecto. Escucharla recitar con su dicción perfecta el poema Puerto Rico, de José Gautier Benítez, o algún poema de José de Diego o de García Lorca, era presenciar un momento mágico y, a la vez, místico. A principios de los años 1980, entre Mari Ceci y varias de las compañeras que militábamos en el Secretariado de la Juventud del PIP creció una relación de complicidad casi maternal. En estos días mi amiga y hermana, Marangeli Torres, me recordaba que acompañó a Mari a ver una de las películas de la saga de Star Wars, género que a ella no le gustaba pero que la acompañó por el entusiasmo con que Mari la invitó. Me contaba Marangeli que la candidez y alegría infantil de Mari mientras veía las escenas realizadas con los avances tecnológicos de la época era mejor que la película. Le gustaba, además, la música. Es que no puedo pensar en alguna de las bellas artes que Mari no abrazara con pasión y entusiasmo.

     Mari Ceci manifestaba un inmenso amor por su familia. Hablaba con mucho cariño y alegría de Mari Clemen, su hermana, así como de sus sobrinos – Jorge en particular -  y de Gustavo y Sebastián, sus sobrinos-nietos. Celebraba cada ocurrencia de los nenes, y contaba esas anécdotas intentando controlar las carcajadas.

        Mari nunca cesó de trabajar por y para el PIP. Aún luego de su retiro oficial, acudía al Comité Nacional todos los días para cumplir algunas horas de trabajo. Nunca escuché de su boca una queja, nunca una difamación contra alguien – porque Mari Ceci tenía una manera particular de detener cualquier chisme -, siempre supo cuál era su deber y lo cumplía sin esperar más recompensa que la satisfacción de haber contribuido con la lucha por la independencia.

    Hace unos meses, cuando estaba en el fragor de la campaña, visité el Comité Nacional para buscar propaganda para el comité de Bayamón, de donde era candidata a la alcaldía. Me atendió Mari Ceci, quien me recibió con el abrazo, el beso y  el cariño de siempre. Ahí, en esa conversación íntima que atesoro, le agradecí por su espiritualidad, por darme tantas lecciones de amor, solidaridad y compromiso, y por haberme protegido cuando yo era una jovencita en un ambiente personal dominado por hombres que me era desconocido. Hay personas que son irremplazables, y Mari Ceci es una. Sí, debe estar en el cielo poniendo en su sitio a arcángeles, quienes tendrán que aprender de su ejemplo. Hasta allá luchará por la independencia de Puerto Rico.

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