Mari Ceci Benítez
Por: Edda I. López Serrano
Secretaria Asuntos de la Mujer
Partido Independentista Puertorriqueño
9 de junio de 2013
Mas si
Jehová le concedió al poeta,
al cantar a su patria y a su destino,
la doble vista del veraz profeta;
si ha de unirse mi nombre con tu historia
para ser el cantor de tu alegría,
para ver el heraldo de tu gloria.
Dios me conceda al verte
de venturas y triunfos coronarte,
¡una vida sin fin para quererte
y una lira inmortal para cantarte!
al cantar a su patria y a su destino,
la doble vista del veraz profeta;
si ha de unirse mi nombre con tu historia
para ser el cantor de tu alegría,
para ver el heraldo de tu gloria.
Dios me conceda al verte
de venturas y triunfos coronarte,
¡una vida sin fin para quererte
y una lira inmortal para cantarte!
Fragmento del poema Puerto Rico, José Gautier Benítez
Mi compañero, a quien no le gusta interrumpirme el sueño, me despertó con una
noticia que me conmocionó: Mari Ceci había fallecido. No pude articular
palabra. Murió horas antes de que pudiera visitar en la unidad de intensivo.
Lloré quedamente. Partió una aliada, una mujer cuyo compromiso con la
independencia solo equiparaba su inmensa espiritualidad.
Conocí a Mari Ceci, María Cecilia Benítez Noya, cuando yo tenía 18 años y ella
43. Yo llegaba al Comité Nacional invitada a trabajar con el Secretariado
Nacional de la Juventud, luego de haber militado durante 4 años en el Comité de
Bayamón. Antes de conocerla, había escuchado su nombre cuando un compañero
llegó al segundo piso del Comité Nacional protestando porque tenía que
completar un escrito esa misma tarde –ya eran las 6 de la tarde - y cuando le
solicitó que lo transcribiera, Mari Ceci le había respondido que podía ayudarle
el próximo día, pero que estaba de salida para grabar un discurso que Rubén
Berríos ofrecería en un pueblo distante, creo que en Cabo Rojo.
Regresé al día siguiente antes de ir a la UPR para completar una tarea en el
Comité Nacional y completarla me requería ir al temido primer piso a los
dominios de Mari Ceci. Resignada, entré al área segura de que me encontraría
con una persona furiosa. Me dirigí al lugar desde donde se escuchaba un
cadencioso y veloz martilleo de una maquinilla eléctrica. Me asomé a la puerta.
Mari Ceci levantó la vista y, sin preguntarme, me dijo que la Juventud –
refiriéndose a compañeros y compañeras del Secretariado – estaban en el segundo
piso. Le dije que lo sabía, pero que me habían enviado para que me orientara
sobre cómo crear la plantilla de mimeógrafo que necesitábamos preparar para un
boletín que repartiríamos en la UPR. Me dijo que estaba ocupada, que volviera
en una hora.
Al llegar al segundo piso, relaté lo que había ocurrido. Me miraron con
incredulidad y con suspicacia. Alguien dijo ¨bah, de seguro no hablaste con Mari
Ceci¨. Nada: regresaría en una hora a volver a probar suerte.
Regresé y le expliqué a Mari Ceci lo que deseábamos hacer. Ella me ofreció
varias sugerencias para que todo el texto estuviera en una sola cara del
documento. En ese tiempo, las funciones de cortar y pegar eran
literalmente eso: cortar texto con una tijera y pegarlo en una hoja de
maquinilla. Crear la plantilla del mimeógrafo era más fácil y moderno: el
Partido contaba con un aparato que ¨quemaba¨ una hoja con la imagen exacta del
original en lugar de aquellas horribles hojas de estarcido que se trabajaban
con estiletes.
Allí nació una relación de profundo respeto, cariño, y comprensión. Poco a poco
mis visitas a los dominios de Mari Ceci se hicieron más frecuentes y largas.
Mari Ceci era políglota: dominaba el español, inglés, italiano, francés,
portugués. Al principio, yo pensaba que era extranjera por su acento cadencioso
y su pronunciación perfecta. Un día le pregunté si era puertorriqueña y me
respondió con firmeza: ¨¡por supuesto!¨. Entonces, ¿por qué su acento era
diferente?
Fue así como comencé a conocer la fascinante historia de Mari Ceci. Había sido
monja durante varios años, varios de ellos en Cuba, México y Venezuela. Vino de
visita a Puerto Rico en el 1972 y participó de la histórica Asamblea General
del PIP en el estadio Hiram Bithorn. Allí, además de la efervescencia de
decenas de miles de independentistas, presenció el discurso de un joven rubio,
delgado, fogoso que con su discurso estremeció e inspiró a los presentes. Rubén
Berríos se había mantenido firme ante el temporal de una crisis interna en el
PIP y su brillante discurso afirmaba la lucha por la independencia y la
justicia social en Puerto Rico. Esa experiencia transformó a Mari Ceci de una
manera tan profunda que colgó sus hábitos de monja, pero nunca dejó de vivir su
vocación de servicio y se dedicó al Partido Independentista Puertorriqueño con
la misma devoción con que cultivó para siempre su espiritualidad.
Como dije, Mari Ceci poseía una inteligencia superior, y era además una mujer
de exquisita cultura. Era decidida, disciplinada como pocas, vertical, cuyo
sentido del honor dio lecciones a más de una persona cuando asumía posturas
firmes e inquebrantables. Sí, Mari Ceci tenía un carácter recio si percibía que
algo o alguien incumplían las reglas de disciplina. Fue la más fiel aliada de
Rubén Berríos.
Mari Ceci era, además, liberal y visionaria. Al quedarse en Puerto Rico e
insertarse a la lucha por la independencia, se percató de que Rubén pronunciaba
brillantes discursos en mítines y actividades por toda la isla, así que motu
proprio asumió la responsabilidad de seguirlo para grabar y luego
transcribir sus discursos, tarea que realizaba con precisión de reloj suizo.
Iba en su carro, buscaba un espacio dónde colocar su grabadora, y al otro día
llegaba al Comité Nacional al amanecer para transcribirlo. El documento,
transcrito impecablemente, descansaba sobre el escritorio de Rubén antes del
mediodía. Fue gracias a este rigor al documentar los discursos de Rubén que
nació el libro La Independencia de Puerto Rico: Razón y Lucha. De hecho,
Mari Ceci sirvió de vínculo entre Rubén y el equipo de mecanógrafas al dirigir
la edición del manuscrito. Recuerdo, además, que fue Mari Ceci quien recopiló
la copia del manuscrito que Rubén le hizo llegar al destacado ensayista y
crítico literario Angel Rama, quien escribió el prólogo en el que se considera
su último trabajo antes de fallecer junto a su esposa Marta Traba en un
accidente aéreo.
Cuando llegué al Comité Nacional en el 1980, Rubén Berríos comenzaba a
consolidar las importantes relaciones internacionales que le hicieron estrechar
lazos con figuras destacadas en la política internacional, labor que requería
un manejo riguroso y cumplir con reglas de protocolo diplomático. Fue así como
Rubén y, por ende, el Partido Independentista Puertorriqueño, crearon sólidas
relaciones con líderes solidarios de América Latina, como Raúl Alfonsín de
Argentina, Tomás Borge del Frente Sandista en Nicaragua, Guillermo Ungo –
presidente del brazo político de la guerrilla salvadoreña, Maurice Bishop, el
líder asesinado durante la invasión del ejército estadounidense en Granada.
Mari Ceci admiraba con ternura la relación fraternal entre Rubén Berríos y José
Francisco Peña Gómez, ese insigne patriota dominicano. En el plano
internacional, se estrecharon lazos con Olof Palme, líder socialdemócrata en
Suecia, Felipe González de España, así como con importantes jefes de estado de
la época. Como resultado de estas gestiones, Puerto Rico quedó representado en
la Internacional Socialista, además de formar parte del grupo de partidos
políticos que fundó la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América
Latina (COPPPAL).
Mari Ceci fue pieza fundamental en estas gestiones. Redactaba y traducía las
comunicaciones que Rubén intercambiaba con presidentes de naciones y partidos
políticos importantes a nivel internacional. Manejaba con exclusividad el
telex, método que precedió a las máquinas de facsímil, para difundir
internacionalmente artículos, cartas y comunicados de prensa. Impartía
lecciones de protocolo al personal del Comité Nacional. Más adelante, cuando
formé parte del equipo de secretarias del Comité Nacional, las instrucciones
eran claras y específicas: cada carta que llevaba la firma de Rubén, cada
comunicación oficial del Partido, tenía que haber sido aprobado por Mari Ceci.
Su función era más que la de una editora: velaba cuidadosamente que esos
documentos cumplieran con el protocolo, así como con la estrategia diseñada por
Rubén, la Comisión Política y el Comité Central del PIP.
En el plano personal, Mari Ceci siempre fue muy cariñosa conmigo. Se sentaba a
contarme la vida de su bisabuelo, el poeta José Gautier Benítez. Hablaba con
mucho cariño de Mamita, como le llamaba a su mamá. En una ocasión le dije que
me dolía ver que se estaba perdiendo la tradición de tejer encajes, y a los
pocos días llegó con tres piezas preciosas de frivolité que me había
tejido y que luego adornó el traje que me cosió mi mamá. Un día me invitó a
cenar comida mexicana, y allí me habló de un plato especial que había aprendido
a preparar mientras era monja. Poco después, me preguntó si podría ir a su casa
para cenar con ella y con Mamita, y allí me recibió en su casa donde adornaba
la sala su exquisita colección de libros meticulosamente ordenados. Nos
esperaba su delicioso queso relleno, el plato del que me había hablado días
antes. Ella cumplía el 31 de diciembre y yo el 1 de enero, así que durante años
nos íbamos a almorzar para celebrarnos una a la otra lo que llamábamos ¨los
cumpleaños del olvido¨.
Mari Ceci, además, sentía pasión por la poesía. Conversaciones con ella
invariablemente incluían el segmento de algún poema, algunos de ellos
pronunciados en un francés perfecto. Escucharla recitar con su dicción perfecta
el poema Puerto Rico, de José Gautier Benítez, o algún poema de José de
Diego o de García Lorca, era presenciar un momento mágico y, a la vez, místico.
A principios de los años 1980, entre Mari Ceci y varias de las compañeras que
militábamos en el Secretariado de la Juventud del PIP creció una relación de
complicidad casi maternal. En estos días mi amiga y hermana, Marangeli Torres,
me recordaba que acompañó a Mari a ver una de las películas de la saga de Star
Wars, género que a ella no le gustaba pero que la acompañó por el entusiasmo
con que Mari la invitó. Me contaba Marangeli que la candidez y alegría infantil
de Mari mientras veía las escenas realizadas con los avances tecnológicos de la
época era mejor que la película. Le gustaba, además, la música. Es que no puedo
pensar en alguna de las bellas artes que Mari no abrazara con pasión y
entusiasmo.
Mari Ceci manifestaba un inmenso amor por su familia. Hablaba con mucho cariño
y alegría de Mari Clemen, su hermana, así como de sus sobrinos – Jorge en
particular - y de Gustavo y Sebastián, sus sobrinos-nietos. Celebraba
cada ocurrencia de los nenes, y contaba esas anécdotas intentando controlar las
carcajadas.
Mari nunca cesó de trabajar por y para el PIP. Aún luego de su retiro oficial,
acudía al Comité Nacional todos los días para cumplir algunas horas de trabajo.
Nunca escuché de su boca una queja, nunca una difamación contra alguien –
porque Mari Ceci tenía una manera particular de detener cualquier chisme -,
siempre supo cuál era su deber y lo cumplía sin esperar más recompensa que la
satisfacción de haber contribuido con la lucha por la independencia.
Hace unos meses, cuando estaba en el fragor de la campaña, visité el Comité
Nacional para buscar propaganda para el comité de Bayamón, de donde era
candidata a la alcaldía. Me atendió Mari Ceci, quien me recibió con el abrazo,
el beso y el cariño de siempre. Ahí, en esa conversación íntima que
atesoro, le agradecí por su espiritualidad, por darme tantas lecciones de amor,
solidaridad y compromiso, y por haberme protegido cuando yo era una jovencita
en un ambiente personal dominado por hombres que me era desconocido. Hay
personas que son irremplazables, y Mari Ceci es una. Sí, debe estar en el cielo
poniendo en su sitio a arcángeles, quienes tendrán que aprender de su ejemplo.
Hasta allá luchará por la independencia de Puerto Rico.
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