Esta nota es dedicada a Jorge Medina, amigo tropo y trovero, para Adita Nigaglioni, porque me abrió el mundo de la trova, y para Otho Rosa, porque sabe decir cosas.
Esta semana, mientras buscaba un respiro que me alejara de la alharaca que se forma en la banda AM de la radio Boricua, me refugié en Radio Universidad (89.7 FM). Eran poco más de las 9:00 am y escuché la voz melodiosa de mi amigo trovero Jorge Medina. Ya de por sí la cosa pintaba bien: en su programa, Jorge siempre comparte nuevos caminos de la trova, los pone en perspectiva, nos lleva a la nostalgia.
Este jueves, el programa conmemoraba el 30 aniversario de la fundación de Radio Universidad. En el programa, Jorge ubicaba hechos históricos de hace 30 años con canciones que cantaban a esos hechos. Así, pudimos recordar el terrible asesinato del Padre Arnulfo Romero en El Salvador, el momento de la trova en Borinquen, y un hecho que desconocía y que ahora comparto.
Nos contaba Jorge que hace 30 años un solitario Arnaldo Tamayo Méndez, cosmonauta cubano, se convertía en el primer afrodescendiente y latinoamericano en llegar al espacio a bordo de la nave Soyuz 38. Para conmemorar este hito en la historia, el sello EGREM de Cuba lanzó una grabación donde participaron diferentes agrupaciones y artistas cubanos.
No estaba preparada para el dato que compartiría Jorge con su audiencia y que me dejaría arrobada de ternura. Los que me conocen saben sobre mi debilidad por la nueva trova, en particular por Silvio Rodríguez. Pues resulta que una de las hermosas canciones de Silvio, “En el jardín de la noche”, fue escrita especialmente para conmemorar este hecho histórico. Siempre me gustó mucho esa canción, aún antes de saber que era una canción de amor por este planeta que no estamos cuidando muy bien. Con Silvio nos sucede que escuchamos uno de sus poemas cantados, nos encumbramos a tratar de descifrar imágenes, y luego nos damos cuenta de que en realidad todo estaba tan al alcance de nuestro entendimiento que nos regresamos al punto de partida con pudor. Ese día quedé hechizada al confirmar una vez más que Silvio es un genio.
No sé cuánto le tomó a él escribir el tema, pero les puedo decir que, con la nueva información compartida por Jorge ese día, me tomó a mí sólo el tiempo que toma escuchar los primeros dos versos para sentarme a escucharla desde otra óptica. Sólo imaginaba al solitario navegante nocturno galopando es su Pegaso de hierro, silencioso y sobrecogido, solo él con su silencio y con la majestuosidad de estar en el lugar único, en un momento irrepetible, intrigado al ver por sí mismo a los ojos de esa rosa azul que le parpadeaba. No había que decir mucho más, pero Silvio lo dijo, y lo dijo muy bien. Aquí comparto la letra de la canción con ustedes con la esperanza de que algún día la puedan escuchar. Si mal no recuerdo, está en el disco "Oh Melancolía" y también en el disco “Silvio en Chile”, una excelente producción en la que el grupo Irakere acompaña a Silvio.
Es, en mi apreciación, una canción de amor absoluto, pleno, por este planeta que nos acoge, por el universo que lo sostiene, y por esa conexión que se tiene con la madre, o con los hijos, o con los amigos, o con el hilo que nos conecta con los habitantes que compartimos esta Tierra.
Un abrazo apretao,
Edda
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En el jardín de la noche
Silvio Rodríguez, 1980
En el jardín de la noche
hay una rosa luminosa,
que me mira fijamente a los ojos;
parpadea y me quiere decir cosas,
tantas cosas que no sé, que no sé.
Y es cuando alargo los brazos
para llevarle mis manos, tan abiertas
que casi me siento llegar con el pie.
Pero yo,
quiero ser de noche el dueño
de los ojos de la altura,
y he de fundir la montura
para galopar mi sueño.
Volaré, tengo que domar el fuego
para cabalgar seguro
en la bestia de futuro
que me lleve a donde quiero.
En el jardín de la noche
hay una rosa luminosa,
que me mira fijamente a los ojos,
parpadea y me quiere decir cosas,
tantas cosas que no sé, que no sé.
Y es cuando alargo los brazos
para llevarle mis manos tan abiertas
que casi me siento llegar.
Volaré,
volaré al jardín del cielo,
en un pájaro violento,
en un corredor del viento,
en un caballo de fuego.
Volaré,
quiero ser de noche el dueño
de los ojos de la altura
y he de fundir la montura
para galopar mi sueño.
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